Conurbano

Construccion

Se acerca el momento de firmar un nuevo acuerdo con el FMI. Se habla de déficit presupuestario, de generación de divisas, de tasa de crecimiento, de no retroceder en el salario real (ni qué pensar en mejorar este índice).

Nada nuevo. Con la macroeconomía “ordenada”, el derrame se encargará de cuidar a todos los habitantes de este castigado país.

No creo en el derrame. Ni natural ni inducido por un Estado que pueda pensar que la evolución de los ingresos populares le ganará a los ingresos de las cúpulas, sin cambiar la forma en que se producen y distribuyen los bienes y servicios. La historia sirve de periódico extendido y no necesita mayores aclaraciones, aunque nos hagamos los distraídos, bien distraídos.

En el momento que la política argentina quiera concentrarse en sacar de la pobreza a todos los compatriotas -ojalá alguna vez suceda – tendrá dos grandes escenarios de trabajo:

  1. Las comunidades chicas o medianas instaladas en ecosistemas en que es posible un acceso fluido a la tierra, como factor de producción, sean cuales sean la concentración actual de la tenencia y la eficiencia de su uso.
  2. Las grandes concentraciones urbanas, que a la vez que acumulan la mayor cantidad de pobres en términos absolutos, tienen mediatizado el acceso a la tierra.

Hago esta división de brocha gruesa porque la ineficiencia del uso de la tierra en la gran mayoría de los ambientes, donde se ha priorizado la propiedad más que el uso – siquiera en beneficio propio -, es tan notoria, que ámbito por ámbito es posible imaginar nuevas formas de producir, que incorporen más actores y que construyan cadenas de valor hasta bienes finales, donde se sume con trabajos dignos la población actual de cada lugar.

Podríamos fundamentar tanta confianza en numerosos análisis, de un extremo al otro del país. No es este el tema del presente documento.

A diferencia de la pampa extendida, el conurbano del AMBA, el de Córdoba, de Rosario, de Mendoza, más varios otros, confunden, preocupan, asustan, diría.

¿Por qué?

Porque a primera vista parece que se pierde la ventaja relativa que implica disponer del recurso natural, sea agropecuario o minero. La manera más intuitiva de sumarse, en tal condición, es agregando valor a materias primas de ese origen o produciendo bienes industriales complementarios que sean necesarios para ese agregado de valor o participando de la inmensa red de servicios comerciales y personales que una trama urbana tan densa requiere.

¿Cómo? ¿Detrás de qué prioridades? ¿Quién toma la iniciativa?

Hasta ahora, la anarquía ha sido la regla. Con la hegemonía del capital, cada dueño de pocos o muchos pesos, decidió qué debía y podía producir para multiplicar su capital. Es del todo evidente que, por ese camino, los temas de interés comunitario quedaron atrás, muy atrás, generando un remolino que arrastró y sigue arrastrando hacia abajo a aquellos con menos posibilidades de decidir en forma independiente su futuro; los que dependen de que otro les emplee o les genere una demanda concreta.

La falta de infraestructura de los ahora llamados “barrios populares” es aterradora. La endeblez de millones de viviendas da una señal categórica de una calidad de vida muy precaria. Sin embargo, eso no es la causa, sino la directa consecuencia de la exclusión, de la falta de trabajo digno, retribuido a partir de una demanda acorde.

La solución de un problema social de tan enorme dimensión no vendrá a través de acelerar el camino recorrido hasta ahora. No son las tasas chinas de crecimiento; no son los bonos que subsidian el consumo; no es ni siquiera la ilusión de un ingreso básico universal, que sería rápidamente absorbido como polvo por la aspiradora de las corporaciones.

Es necesario acordar nuevos y férreos principios de acción y respetarlos a rajatabla. Una pequeña base, ampliable, es:

. Hay que propender al trabajo para todos y todas.

. El trabajo que más interesa debe agregar valor de manera eficiente a alguna materia prima, generando un producto que se ofrezca en el mercado, o configurar un servicio técnico personal que tenga una demanda generalizada. O debe resolver un problema social que nos incumba a todos, como cuestiones ambientales, energéticas, de conectividad, de las que nadie se ocupa al presente.

Como ejemplo concreto: Una familia que construye su propia vivienda resuelve un problema unitario. Una cooperativa que produce ladrillos o puertas o pisos, agrega valor, que le permite a sus integrantes contar con recursos para pagar a otra cooperativa local la construcción de su casa.

El primer escenario genera excedentes en los actuales proveedores, seguramente integrados al sistema vigente. El segundo, construye nuevos actores y aumenta la circulación de dinero al interior de la comunidad que quiere emerger de la pobreza.

. Todo proyecto debe pensarse en términos de cadena de valor completa, desde las materias primas hasta el consumidor. Debe también incluir las instancias de formación laboral necesarias para aprender al hacer.

. La mejora permanente de la productividad es un concepto que los trabajadores deben asumir como positivo y necesario.

. Las alianzas con espacios rurales deben ser buscadas de manera estable y permanente. Un ámbito que produzca alimentos para su propio consumo y además materias primas para que se transformen en algún conurbano, es perfectamente imaginable, para beneficio general.

. Los modelos exitosos de cadenas de valor locales deben tener visibilidad amplia, para inducir a su multiplicación. Este principio vale desde la producción de alimentos en escala pequeña o mediana, hasta sistemas de recolección de residuos urbanos, separación de componentes y agregado de valor a lo recuperado.

. Para acotar el espacio de actividades: encarar las cadenas de producción de alimentos y de indumentaria, además de la vivienda y la infraestructura social, junto con los servicios técnicos personales de todo tipo y la corrección de los problemas ambientales, energéticos o de conectividad que el capitalismo concentrado no ha resuelto, serían tractores suficientes para una reducción sustancial de la pobreza.

 

¿Y EL ESTADO? ¿QUÉ?

Llegados a este punto, cualquier lector podrá preguntarse: ¿Qué propone este tipo? ¿Qué el Estado difunda un catecismo de desarrollo con todos trabajando?

No. Definitivamente no. Esperamos que financie ese desarrollo, apoyado en los principios expuestos.

¿Cómo lo haría?

Tanto nos han insistido que el Estado debe razonar como si administrara un hogar o una empresa -imagen que es falsa – que, para no incursionar en debates estériles, podríamos dejar esa discusión a un costado y meternos de lleno a pensar como Estado Empresario.

Un Estado Empresario debería hacer una evaluación social y económica de cada proyecto y financiarlo con una combinación de recursos propios – emisión – y fondos bancarios, que a su turno recuperará con impuestos al mayor consumo y la mayor producción. Como lo hace un empresario con su capital, que recupera con sus ventas.

¿Cuándo vimos un proyecto de reducción de pobreza planteado en estos términos? NUNCA.

¿Por qué?

Básicamente, porque el pensamiento hegemónico, infiltrado hasta los huesos, supone -postula aviesamente -que ese camino expande el gasto sin retorno, que no es una inversión.

Si un empresario privado lo hace, para poner un bingo o una venta de automóviles importados o tantas cosas prescindibles, es normal.

Si lo hace el Estado, para cambiar el entorno y la vida misma de millones de personas, es aumento del déficit y es inflacionario.

Sofismas que nos congelan. Que no son tecnicismos. Son debilidades ideológicas de quienes creen estar al servicio de un proyecto popular y en realidad con su posibilismo nos destruyen a todos.

No hay excusas para evitar ponerse el overall y trabajar desde una mirada nueva. De cara a los compatriotas que lo necesitan; no de cara a las cámaras de televisión.

Enrique M. Martínez

Instituto para la Producción Popular

8.12.21

Comentarios

  • Marcelo

    Muy bueno muy interesante propuesta . Es la primera vez leo una propuesta que mira hacia dentro y trata de resolver nuestros problemas.
    Muchas gracias.


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