La militancia sin brújula

Trabajo

La enorme concentración económica generada por el sistema capitalista, que está llegando a límites no imaginados en teoría previa alguna, provoca una de tantas crueles paradojas del mundo actual: Muy pocos disponiendo de inmenso capital que no saben en qué invertir y enormes masas de habitantes de todo el planeta, a las cuales les falta de todo, sin posibilidad de ser empleadas por los capitalistas.

Los que tienen, junto con sus voceros y amanuenses, siguen insistiendo en que se les otorguen más y más facilidades para invertir en todo el planeta y que el derrame se encargará del resto. La basura conocida.

Los que no tienen se agrupan, desconcertados al principio, desanimados luego, detrás de líderes también confundidos, que esencialmente imaginan que los escenarios mejores y estables, se pueden conseguir tironeando de los poderosos para que cedan parte de los beneficios acumulados. Ese planteo tiene dos debilidades clave:

  1. Gran parte de la redistribución de ingresos que se busca, cuando se consigue, se dirige sin remedio a atender el consumo más elemental de aquellos que no trabajan o cuyo trabajo es de tan baja productividad que no es auto suficiente. Ese consumo es atendido por una oferta donde el poder concentrado es hegemónico, con lo cual el flujo de dinero realimenta la concentración.
  2. El poder concentrado no tiene una mirada de escenario final sobre la situación económica presente. Su historia corporativa los ha acostumbrado a ver en cada crisis social una oportunidad de acumular beneficios. Pasó con la pandemia reciente; pasa cuando se celebra el deshielo en el polo Norte porque permitirá llegar mejor a los minerales a extraer; pasa en los países como Argentina, donde nuestros desequilibrios estructurales en la disponibilidad de divisas nos sumergen en la inestabilidad permanente.

De tal modo, es muy difícil sumar a los ganadores a una mesa para discutir como agrandar el número de comensales. Una y otra vez, la meta central de las corporaciones es fortalecer sus beneficios, sin hacerse cargo alguno de su rol social obvio, que hasta las conducciones políticas les otorgan explícitamente.

El resultado es conocido para los argentinos.

Por presión de los ganadores y por debilidad conceptual de quienes quieren representar a los perdedores, en los últimos 50 años todo indicador de la calidad de vida de la mayoría de la población se ha deteriorado y lo sigue haciendo.

El gobierno iniciado en diciembre de 2019 muestra todas las señales de ser un capítulo más de una serie conocida y previsible de deterioro de las perspectivas populares, donde desde el poder institucional se intenta ayudar a los perjudicados por un camino ya trillado y reiteradamente fracasado, de tironeo con la hegemonía económica productiva y financiera, con la cual se debe pactar permanentemente, porque en definitiva permanece y se fortalece eso: la hegemonía.

En tal contexto, aparece con fuerza un actor político nuevo: la llamada “economía popular”, con centenares de representantes en cargos ejecutivos y legislativos en todo el país. Usando el lenguaje simplificado de esta nota: serían los perdedores históricos, al punto de llegar a ser excluidos del sistema, representados por ellos mismos. Son trabajadores sin encuadre en las empresas capitalistas tradicionales, volcando su esfuerzo cotidiano detrás de la subsistencia, para producir bienes y servicios que, en el mejor de los casos, constituyen eslabones subordinados de cadenas de valor del sistema económico.

Este sector, que en este momento histórico ya podría reclamar la representación de más de la mitad de la población, está notoriamente en búsqueda de una visión y su misión correspondiente, por usar un lenguaje conocido para los ámbitos académicos.

La visión en construcción es la de un pueblo que decide su propia vida y atiende sus necesidades básicas con serenidad. Tal vez sea la parte más simple del deber.

La misión, por su parte, pasa por definir las tareas centrales a realizar para acercarse a la visión. Allí comienzan los problemas conceptuales, bien serios, por cierto.

Esencialmente, porque se necesita tener un diagnóstico adecuado, sin el cual no hay camino que valga.

Resulta enteramente natural que en principio se asigne las causas centrales de los problemas de la calidad de vida de tanto compatriota a la evolución del capitalismo.

También resulta lógico llegar a la conclusión que este sistema cada vez garantiza empleo decente para menos y por lo tanto una gran proporción de la población económicamente activa no podrá aspirar a tener nunca un trabajo como el de sus abuelos y algunos de sus padres.

Sin embargo, pasar de esas conclusiones a inferir que la tarea del Estado es visibilizar primero y fortalecer -a continuación- los trabajos que quienes no accedieron a un trabajo estándar se dieron para subsistir, dándole a ese conjunto de actividades una entidad propia de “economía popular”, es un grave error, que no deja espacio para una mejora de la calidad de vida de esos compatriotas.

Por dos razones:

Primero, porque la “economía popular” no es un sistema aislado de la economía capitalista, sino un subsistema de ésta, que deja en evidencia la falta de legitimidad del sistema en su conjunto.

El cartonero es trabajo barato para el procesador y reciclador de residuos urbanos; los compañeros que trajinan con su bicicleta las ciudades llevando comida a los sectores más pudientes, dependen de que éstos últimos existan y configuran un segmento explotado adicional de la industria gastronómica; hasta el sistema de cuidados personales es una extensión calificada del sistema de servicio doméstico que viene de la Colonia.

Cada una de las tareas que agrupan la mayor cantidad de trabajadores de esta parte de la economía es tributaria de otros ámbitos de la economía “formal”, a la cual le generan ahorros de tiempo o de dinero, que no validan una mejor vida de quien presta el servicio.

Es evidente que pueden mejorarse las condiciones de trabajo del cartonero o del repartidor de comida, pueden agruparse prestadores de servicio como los cuidados personales o del servicio doméstico para que defiendan mejor sus intereses en cada transacción. Esa mejora, no obstante, no generará un cambio cualitativo en su relación laboral que, aunque no tenga un patrón, no deja de ser de explotado, entendiendo este término más allá de su acepción marxista.

Creemos que alguien es explotado cuando brinda un servicio o un bien a otro de manera que en la transacción no se le acredita el valor que aporta, sea porque su tarea es de muy baja productividad o sea porque quien contrata lo hace en términos abusivos de relación de poder. La changa no es más que una expresión de este dilema. No hay mucha o poca changa, hay un servicio remunerado dignamente o no.

Es necesario salir de tan doloroso laberinto.

ES CIERTO que el capitalismo ha llegado a niveles de sin razón sin antecedentes, al maximizar la concentración en pocos manos, como espejo de la exclusión de las grandes mayorías.

ES CIERTO que ni el derrame ni el tironeo a los bolsillos de los poderosos resolverán el problema, más allá de que sea válido inducir el derrame presionando a los poderosos, pero sin crear ni alimentar el espejismo que esta es la propuesta justa, libre y soberana.

ES CIERTO que los excluidos del trabajo formal tradicional tienen la necesidad y hasta la obligación de agruparse para defender su derecho a una vida digna fundada en el trabajo.

ES NECESARIO que para acercarse a lograr su objetivo las grandes masas desposeídas, se den dirigentes que sean capaces de modificar el orden de prioridades que se les reclama a los gobiernos que detentan un poder institucional cada vez más frágil, al punto de hablar como hecho natural del poder real como existiendo por fuera de las instituciones.

El cambio de prioridades consiste en advertir que el trabajo que tanto se añora y aspira está allí a la vista: Es el trabajo que se necesita para atender las necesidades comunitarias que el capitalismo salvaje ha desatendido.

Ha convertido en negocio hasta la provisión de alimentos o el agua y sigue presionando sobre la salud o la educación.

Ha dejado fuera del trabajo a compatriotas con discapacidades diversas; a aquellos que fueron encarcelados alguna vez y ya pagaron; a buena parte de las mujeres; hoy a la mayoría de los jóvenes.

Ha dejado directamente al margen las cuestiones ambientales de todo tipo; la infraestructura urbana, periurbana y la rural, cada una de ellas con sus caracteres propios; la vivienda decente como derecho ciudadano; la posibilidad de generar la energía de manera doméstica; las producciones locales, arrasadas por las distribuciones nacionales o subordinadas al interés rentístico de dueños de la tierra.

Todo eso y mucho más es hoy función de la decisión o rechazo del “inversor”, y debe pasar a ser tratado como problemas sociales, resueltos a través del trabajo social, desarrollado en EMPRESAS SOCIALES, que actúen en el mercado, comprando y vendiendo, pero no con el objeto de atender la vocación de ganancias de un capitalista, sino de resolver el problema comunitario que corresponda.

Es particularmente doloroso, en este marco, escuchar el comentario de algún encumbrado dirigente social defendiendo el superávit presupuestario como meta de una administración sana, señalando que eso sucedió durante los buenos gobiernos y lo inverso durante los malos, sea cual sea el signo político.

Esa afirmación colonizada ignora que el superávit presupuestario se produjo siempre después de crecer o después de tocar fondo, como en 2002, y no como motor del crecimiento. Es más: la existencia de superávit es una señal de la pérdida de dinamismo futuro, que pasa luego a reclamar déficits crecientes, solo para subsidiar el consumo de subsistencia de los más débiles.

El déficit orientado a la inversión productiva de naturaleza social – o sea: el que mejora la calidad de vida colectiva – es el elemento utilizado para crecer por todo el mundo central durante los últimos 150 años y pasa a ser denostado para la periferia, como manera de instalar la hegemonía del sistema financiero internacional sobre la voluntad ciudadana. Es dependencia y colonización puras.

No es este el lugar para discutir desconcentración económica, ni inflación, ni mejora de la balanza de pagos. Cada uno de esos aspectos que nos han jodido la vida por generaciones pueden y deben ser encarados con otra posibilidad de éxito, si primero las conducciones de los compañeros más humildes se convencen que el camino es diferente del que han intentado en el campo popular, desde que la democracia se recuperó hasta hoy.

Ellos son los que pueden reorientar la política pública hacia un Estado transformador, empujando a una dirigencia política enamorada del discurso peronista, que buena parte del tiempo lo desnaturaliza en la acción con un posibilismo insoportable.

Enrique M. Martínez

Instituto para la Producción Popular

2.5.22


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